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lunes, marzo 23, 2009

Medios


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| Inicio de sesión: Domingo, 14 de Marzo de 2004 |
| Participantes:
| Yolanda Love (yoli_amor@hotmail.com)
| Il Pettit Prince Est Détruit (mateo_joshue@hotmail.com)
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[07:38:52 a.m.] Il Pettit Pr: ey
[07:38:58 a.m.] Yolanda Love: hola
[07:39:40 a.m.] Se completó la transferencia de "yoli_amor.jpg".
[07:39:56 a.m.] Il Pettit Pr: che ¿Por donde estás?
[07:40:08 a.m.] Yolanda Love: Almagro
[07:40:20 a.m.] Il Pettit Pr: ok
[07:40:22 a.m.] Il Pettit Pr: ¿Tenés lugar?
[07:40:54 a.m.] Yolanda Love: si, puede ser
[07:40:57 a.m.] Yolanda Love: ¿Qué te gusta?
[07:40:58 a.m.] Il Pettit Pr: ok
[07:41:03 a.m.] Il Pettit Pr: soy activo, muy calentón, franelero
[07:41:12 a.m.] Il Pettit Pr: ¿Vos?
[07:41:17 a.m.] Yolanda Love: me da igual
[07:41:28 a.m.] Il Pettit Pr: perfecto, ¿Te gustaría que nos encontráramos?
[07:42:14 a.m.] Yolanda Love: ¿Así ya? ¿Qué edad tenés?
[07:42:19 a.m.] Il Pettit Pr: 23 y estoy al re palo, me gustaría hacer algo bien copado
[07:42:38 a.m.] Il Pettit Pr: ¿Vos qué me decís?
[07:42:54 a.m.] Yolanda Love: y no sé, ¿Por donde andás?
[07:42:59 a.m.] Il Pettit Pr: Palermo, por Thames y Güemes, al toque, tengo auto
[07:43:19 a.m.] Yolanda Love: ah ok
[07:43:31 a.m.] Il Pettit Pr: bien ¿Te gustaría hacer algo?
[07:43:42 a.m.] Yolanda Love: mmmmm…
[07:43:59 a.m.] Il Pettit Pr: mira, esta en vos
[07:44:05 a.m.] Il Pettit Pr: pero decíme que es lo que querés, lo mío es bien claro, no sé, podemos pasarla de 10, pero la decisión es tuya
[07:45:00 a.m.] Yolanda Love: ok, pero te pido discreción si? No me gustan las cosas raras
[07:45:09 a.m.] Il Pettit Pr: sí claro
[07:45:17 a.m.] Il Pettit Pr: por supuesto 100% discreción
[07:45:25 a.m.] Yolanda Love: ¿Cómo hacemos?
[07:45:53 a.m.] Il Pettit Pr: ¿Vos tenés lugar?
[07:45:58 a.m.] Yolanda Love: sí
[07:46:16 a.m.] Il Pettit Pr: Decime voy por donde estés
[07:46:44 a.m.] Yolanda Love: ¿Querés venir para el departamento? A eso de las 10:00 tengo que irme
[07:46:52 a.m.] Il Pettit Pr: ok, bueno, decime donde es que me voy para allá
[07:47:03 a.m.] Yolanda Love: ok
[07:47:06 a.m.] Yolanda Love: Sarmiento y Medrano
[07:47:27 a.m.] Il Pettit Pr: ¿Es una casa o departamento?
[07:48:15 a.m.] Yolanda Love: 7º B
[07:47:21 a.m.] Il Pettit Pr: ah ok, bien
[07:47:50 a.m.] Il Pettit Pr: ¿Vas a estar ahí, no?
[07:47:54 a.m.] Yolanda Love: sí claro ¿Cómo te llamas?
[07:48:22 a.m.] Il Pettit Pr: Mateo ¿Querés que vaya para allá ahora? ¿Vos?
[07:48:30 a.m.] Yolanda Love: Matías
[07:48:31 a.m.] Yolanda Love: dale
[07:48:37 a.m.] Il Pettit Pr: ok, che
[07:48:43 a.m.] Il Pettit Pr: ¿Tenés webcam ahí?
[07:48:48 a.m.] Yolanda Love: no
[07:48:57 a.m.] Il Pettit Pr: bueno me voy para allá, esperame ¿Si?
[07:49:03 a.m.] Yolanda Love: si
[07:49:17 a.m.] Il Pettit Pr: bueno voy para allá
[07:49:27 a.m.] Yolanda Love: ok


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sábado, noviembre 22, 2008

Pateando palomas

De pequeño como todo niño estuve fascinado por los animales. Los sapos fueron los primeros en recibir mi atención. Me encantaba rociarlos con sal y mirar su agonía. Pasaba horas apedreándolos y mirando como se transformaban en hamburguesa. En noviembre y diciembre el método estaba centrado en explosivos que eran tan fáciles de conseguir para un menor en esa época.
A las langostas del patio las controlaba cortándole las patas o la cabeza. A los grillos los encerraba en frascos y creaba mis pociones venenosas con lo encontraba en la casa, aceite, vinagre, alcohol, lavandina. Tenía colecciones de arañas que hacía pelear en cajitas de madera, a la ganadora le regalaba hormigas como ofrendas (las que no comía yo, porque disfrutaba ver la cara de mis amigos cuando masticaba hormigas rojas que te hacían picar la boca con su ácido fórmico).
Sentía fascinación por las trampas para ratas y su mecanismo medieval. Detestaba a Jerry y soñaba con Tom tragándoselo en un gran festín.

Las palomas nunca formaron parte de mi obsesión infantil. Cuando en mi adolescencia comencé a traspasar los límites del barrio para ir al secundario, puede ver lo que es una plaga real. Era una de las primeras veces que andaba solo fuera del barrio. Caminaba extasiado con mi libertad, sintiéndome adulto por cargar unos libros de biología y tener un blazer heredado que me quedaba demasiado holgado. Era un momento perfecto en el que sentía que comenzaba mi vida, que no necesitaba a mis padres. Estos pensamientos me mantenían drogado cuando un golpe en plena cara me dejó atontado. Los libros cayeron al suelo y se cortó la banda elástica que los sujetaba. Comprendí que dos palomas me habían golpeado de lleno porque me aventuré a caminar entre ellas. Fueron unos segundos eternos. Todo se movía lento. Todos se reían. Yo, el idiota que hasta los seres más inofensivos atacaban. No me podía mover. No recogía mis libros. Solo sentía las lágrimas de impotencia que caían por las mejillas. Supe que era una guerra. Una de esas guerras para toda la vida. Bajaba del colectivo en una plaza y antes que mi pie abandonara el escalón tenía que calcular no tocar a uno de estos bichos y realmente prefería pisar un sorete canino. Detestaba la arrogancia con la que caminan, como si nosotros (humanos, pensantes y superiores tuviésemos que pedirles permiso para andar). Invaden todo, ensucian todo. Se alimentan de todo, no perdonan ni la arena que se desprende del cemento de los monumentos. Se mofan de la belleza que crea el hombre. Si ves la Catedral de cualquier ciudad verás los estragos que son capaces de cometer.
Estoy convencido de que tienen su propio lenguaje. Ellas saben quien soy, lo comentan entre ellas. Son bichos espantosos y la gente les tiene cariño. Son portadoras de las mismas pestes que las ratas, pero corren mejor suerte que sus hermanas no aladas. La gente las alimenta. Las mira con cariño. Las cuida. Deja que sus hijos jueguen con ellas en las plazas. Algunos permiten que se posen sobre sus cuerpos como si estos fueran estatuas de próceres. Las que habitan en la ciudad sufren monstruosas deformaciones. Se parecen a gallinas mutantes. En sus picos llevan carnosidades similares a las de un leproso. Así y todo se las mira con ternura. Se simboliza a la paz con una de estas abominaciones, como si el color blanco les otorgase la pureza que no tienen. En el cristianismo representan al Espíritu Santo, concediendo menos dudas a una posible infidelidad de María. Si en un libro de catequesis veía una paloma, si veía el logo de la ONU, me venía la misma sensación. El mundo se detenía, sudaba frío por la espalda y aparecían las nauseas.

Volví a los ritos de mi niñez envuelto en una locura obsesiva. Si se cruzaban en mi camino las pateaba ante miradas reprobatorias de señoras y bocas abiertas de niños. Si se posaban en la ventana del aula les disparaba con improvisados proyectiles: bolígrafos, gomas, reglas. No me importaba la sanción. En los recreos subía al campanario de la parroquia (concurría a un colegio católico) y les dejaba semillas con veneno de rata. Era indescriptible el momento en que caían como plomo produciendo un sonido seco en el patio. El rector no sabía que sucedía, era normal ver a la portera con una bolsa de consorcio negra cargando los cuerpos de las roñosas. Comencé a cargar líquido para encendedores. Si nadie veía -cuando pasaba por una plaza- las rociaba y siendo tan perezosas, no se molestaban en alzar vuelo; solo se adelantaban grotescamente unos pasos y no los necesarios para escapar del encendedor de cocina que llevaba en mi mochila. Podía pasar horas quemándolas y disfrutando el olor de las plumas chamuscadas. En cuestión de tiempo me hice un pirómano experto. Revisaba cada árbol, cada cornisa que quedaba a mi alcance. Quemaba sus nidos, su mugre. Llegué incluso a llevarme un nido con crías y huevos dentro del Tupper de la merienda hasta casa y observar como se extinguían dentro del microondas. Todos los días me transportaba alguna presa. Las crucificaba. Las electrocutaba. Las ponía en agua hirviendo. Las rociaba con aerosoles. Les inyectaba cualquier cosa que encontrase en el baño, mi preferida era el amoniaco. Les pinchaba los ojos con el punzón de la clase de “Actividades Prácticas” y las soltaba al patio mientras las perseguía con la cortadora de césped hasta sentir cómo se destrozaban en las cuchillas

No comprendí demasiado cuando el doctor dijo meningitis por criptococosis, pero sí que usar mi lunchera para transportar a las indeseadas había sido mala idea. Los síntomas habían comenzado con cefaleas crónicas, vómitos, fotofobia. Ahora sólo escucho palabras del tipo población linfocitaria, TAC, SPECT, anfotericin.
Un despropósito que estas alimañas que trasmiten histoplamosis, toxoplasmosis, clamidiasis, encefalitis, salmonelosis, tuberculosis y muchas más sean consideradas inofensivas.
Mamá cree que estoy dormido. Llorando le cuenta a una amiga que presento un cuadro convulsivo grave y sepsis bacteriana. Que mis secuelas son algún tipo de retraso mental no determinado, epilepsia rebelde al tratamiento, dismetría, trastornos del sueño… y dejo de escuchar cuando veo posadas en la ventana a dos palomas que me miran. Se miran. Estoy seguro que saben quien soy.

lunes, noviembre 10, 2008

Tarde

“El nombre es tan importante como las tetas o el culo” pensó Matías mientras recibía el SMS de Sergio al salir del gimnasio. Por eso no se habían adelantado. Aparecería en el momento adecuado: "Desde hoy sos Yolanda Love y yo La Gladis Soft". El corazón se le detuvo. Estaban en lo correcto. No tenían que forzarlo. Segundos más tarde Diego también recibía un SMS: "Desde hoy sos Judith Kibutz y yo La Gladis Soft" (él quería un nombre afín a su comunidad). Los tres tenían una amistad sin secretos. Se conocieron hacía bastante a través de un sitio web de contactos. Muchas veces se habían cruzado con algunos de los perfiles que tenían (Sergio mantenía más de diez y en ninguno colocaba fotos de su rostro). Uno decía: "Ni lindo, ni rico, ni disco, ni soso, ni man, ni woman, ni queen, ni king, ni crowned, ni trío, ni frío, ni faso, ni bosta. O todo". Otro rezaba una cita de Wilde: "La única diferencia entre un santo y un pecador es que el santo tiene un pasado y el pecador un futuro". Abordaba todas las preferencias sexuales, estados civiles, rangos de edad, contexturas físicas, clases sociales y en algunos hasta arriesgaba posturas políticas.

La Gladis siempre repetía que el puto no tiene límites. Yolanda y Judith la consideraban su madrina. Le debían todo. Ella les enseño a maquillarse. La primera vez fueron a un Farmacity a comprar cosméticos y salieron súper cargadas de lápices, rubores, cremas, perfumes. La Gladis exageraba todo, súper trolo gesticulaba al borde del ridículo con las vendedoras mientras se probaba bases, delineadores y máscaras para pestañas. Tenía un magnetismo pagano. El de seguridad, los farmacéuticos, las cosmetólogas, todos quedaban fascinados con su personalidad. Ella también les enseño a hacerse las pestañas postizas tejidas con cabellos propios porque quedaban mucho más naturales que las compradas. Les apuntaba en las agendas las direcciones donde podían inyectarse silicona de máquinas industriales, que era la que mejor gomas hacía. Prefería ese riesgo a sentirse no deseada, el amor, casarse, ser una mujer realizada, no le importaba. Sabía lo que era y lo que nunca sería. Las otras dos no, lo que más las asustaba de La Gladis era su libertad, las sobresaltaba porque exponía sus miedos y limitaciones de manera evidente. Parecía no temerle a la muerte, la consideraba su objetivo. Estaba segura que sería por una insuficiencia hepática producto de las sobredosis diarias de antiandrógenos, progesterona, premarin, etinilestradiol. Pastillas que cargaba a todos lados en las tetas falsas (junto a una infaltable polvera de Special K) y le suministraba un médico casado con el que cogía y tenía una fascinación enfermiza. La primera vez que se lo tiró salió bastante maltrecha. Había comenzado a prepararse temprano, se depiló completamente con cera. Se bañó, puso ropa interior de encaje, un corsé que le dificultaba la respiración y ajustaba aún más su ceñida cintura (gracias a retirar algunas costillas), un vestido corto -holgado de caderas para lograr un efecto más abundante. Salió a la calle y volvió en menos de una hora con un levante. Ni bien entraron el tipo le metió una cachetada y la agarró de los hombros arrodillándola. Si bien ella tenía rasgos finos, y se ayudaba con miles de trucos de maquillaje y depilación de cejas, en definitiva era hombre y los hombres tienen códigos feroces entre sí, casi criminales . No vio en que momento se abrió la bragueta, pero cuando reaccionó tenia la pija en la boca y recibía una cachetada alternada en cada costado. Se dejaba porque un poco le gustaba, pero a los minutos le dolía tanto el rostro que las lágrimas la ahogaban. Se quejó pero sólo consiguió sopapos más firmes. Siguió hasta que el doctor se vació y así se convirtió en su favorita y comenzó a recibir sus favores farmacológicos.
Yolanda y Judith la cuidaban siempre que algún encuentro terminaba mal. Compartían un departamento amplio en Almagro. La dejaban dormir y le daban de comer en la boca. Tapaban sus moretones con capas de base líquida y la maquillaban mientras reposaba y tragaba un oxycontin tras otro riendo y argumentando que terminaría en el cielo seduciendo a El Señor. La resaca se cura con otra resaca y al poco tiempo estaba al ruedo otra vez. Y cada vez necesitaba más días de recuperación entre ronda y ronda. De la última quedó bastante rota. Salió por cigarrillos montada cuando un típico rugbier la miró desvergonzadamente. Lejos de intimidarse dejó caer el encendedor y se inclinó para que le viera como se le marcaba la tanga minúscula en el culo estirando las piernas que terminaban en unas sandalias altas imposibles. El tipo se le acercó y le preguntó cuanto cobraba. Le respondió que con alguien tan lindo lo hacía por placer y partieron para el departamento de él. No se asustó con el desorden. Le preguntó a que olía y él le dijo que a ratas muertas. Trató de contar las botellas de whisky vacías y perdió el número cuando vio rastros de rayas de merca por la mesa, por las repisas, por encima del televisor. La estaban penetrando como nunca, fuerte como a ella le gustaba, se sentía volar cuando algo la bajó del astral. No entendió que, pero sintió el calor en su cabeza. Aunque atontada, comprendió cuando vio los vidrios desparramados a su alrededor. Se zafó como pudo y le metió una piña, pero el rugbier aún tenía el cuello de la botella rota en su mano y le tiraba zarpazos amenazantes. La Gladis era muy marica pero no se acobardaba con nada, sin embargo luego de algunos cortes en los brazos entendió que lo mejor era dejar que se descargara. Se dio vuelta, sumisa se puso en cuatro patas y se preparó para resistir la tortura lo mejor posible.

Cada vez llegaba más tarde de sus vueltas, Yolanda y Judith tragaban la impaciencia y siempre temían lo peor. No hablaban, escuchaban a Nino Bravo en el Winco que La Gladis consiguió en San Telmo con el típico ruido a fritura de los viejos long plays,. Fijaban su mirada vidriosa en la puerta de la habitación de La Gladis, donde colgaba una serigrafía de Alejandra Pizarnik que decía en rojo sangre: “Vendré aún muerta volveré, si es que al final llama el amor”.

lunes, agosto 11, 2008

Epistaxis

Cuando comencé a mis veintitrés años todos dijeron que era demasiado tarde. Pero ya en épocas de universidad visualizaba lo que sería mi vida laboral y opté por hacer de manera paralela lo que tanto había soñado desde niño. El coro de la iglesia fue el lugar donde esta otra pasión se fue gestando.
Sentado en el piano nada a mi alrededor existe. Aislamiento. No tengo idea de cómo toco el piano. Cuando presiono las teclas sólo escucho su sonido golpeando la madera. Ninguna melodía. Una cadena de golpes de teclas, que de manera sumamente bella me indican la ejecución de un obra. Carezco del conocimiento para evaluar si un piano está afinado o no. Cada seis meses me visita un afinador para esta tarea. Sé que toco de manera correcta por técnica. No se necesita oído para ejecutar. Sí, disfruto mucho cuando otros lo hacen, cuando estoy entre el público. Cuando el intérprete soy yo, aislamiento. Nada escucho, salvo el golpeteo de la tecla en la madera. Silencio. Una sordera que toca la perfección. Y sólo veo cada gota de sudor que de mi frente salta al teclado. Una ceguera que toca la perfección.

Toda una vida soñando con este momento. El Festival Internacional de Jazz de Montreal, uno de los mayores festivales de jazz del mundo. Montreal es una de las ciudades más educadas del mundo y una de las de clima más extremo. Sus habitantes consideran la inestabilidad climática como uno de los rasgos de más carácter de la ciudad.
Cuando gané esa beca en diciembre, no pude contener la alegría. Iba a tener varios meses de preparación en la misma ciudad para el festival. Enero me encontró pisando la enlodada nieve de la urbe. Montreal también tiene otro récord en su haber, es la ciudad con más casos de epistaxis a nivel mundial. La epistaxis es la pérdida de sangre de las membranas mucosas que recubren la nariz. Las hemorragias nasales son muy comunes y la mayoría de ellas son producto de irritaciones menores o resfriado y pueden causar temor, pero rara vez son potencialmente mortales. La nariz tiene un suministro abundante de pequeños vasos sanguíneos que facilitan el sangrado. El aire que pasa a través de la nariz puede resecar e irritar las membranas que recubren su interior. Este revestimiento desarrolla costras que sangran al sufrir irritación por frotarse, escarbarse o sonarse la nariz, pero también un trauma repentino causado por aire muy frío o muy seco. Es normal ver a la gente con pañuelos tisús manchados de rojo cubriendo la parte inferior de sus caras. Si prestan atención al contenido de los basureros públicos en invierno, seguramente verán que la mayoría son pañuelos manchados en sangre.

En junio, mes más caluroso, se acercaba el festival y nada le había sucedido a mi nariz. Tomé todos los cuidados, no aspirar aire frío las pocas veces que tomaba contacto con el exterior, siempre protegido por un pañuelo de seda. Pomadas humectantes para mis orificios nasales. Aerosoles salinos. Todas las recetas que recordaba de mis abuelas y tías sirvieron para evitar hemorragias. Si bien un mejor clima se iba instalando, la sangre seguía ocupando todos mis pensamientos. El día anterior a la presentación permití algunos lujos a mi ajustado presupuesto de becario. Tomé una jornada de spa para relajarme. El baño finlandés, el turco y la humectación con vapores de cabernet descongestionaron mis fosas nasales como hacía tiempo no sentía. Dormí las ocho horas necesarias, desayuné frugalmente como si de esto dependiera levantar vuelo.
Subí al escenario. Hice la reverencia junto al resto de la banda y comencé. Silencio. Tecla sobre madera, tecla sobre madera. Sentía el sudor en mi frente que comenzaba a surcar la superficie como los arroyos que se forman en los deshielos. Toda mi concentración ocupada en cada gota jugando apuestas a cual sería la primera en descolgarse. Mi nariz, tan dilatada y aceitada, funcionaba como un fuelle. Tecla sobre madera. Aislamiento. No existía la banda, no existía el mundo. Teclas, sudor y respiración. La primer gota cayó sobre mi mano izquierda, pude sentirla. Algo me desconcentró, no supe bien qué, pero algo distinto me hizo abrir los ojos. En mi dedo anular vi el camino de la sangre hasta la tecla. ¡Estaba sucediendo en verano! Sin dejar de ejecutar continuaba aporreando los dientes del piano y la sangre no paraba de fluir de mi nariz. En segundos tuve las manos más sucias que un carnicero. Y veía ya la salpicadura que producía cada tecla en mi camisa inmaculada. No podía detenerme. Sin tener la certeza de que ese piano emitiese sonido continué apretando sus viscosas teclas que chorreaban ya mis zapatos. Era consciente de que la hemorragia no podía durar más de veinte minutos antes de necesitar a emergencias, pero a esa altura mi única preocupación era el sonido. Ignorar si se escuchaba o no la música era la única causa de sufrimiento. Deseaba que los cinco litros de sangre que posee nuestro cuerpo se hubieran derramado completamente. Trataba de recordar qué paso de primeros auxilios aplicar, apretar suavemente la nariz entre el pulgar y el índice no era opción. ¡Estaba ejecutando una pieza de piano! Recordé que se aconseja inclinarse hacia adelante para evitar tragar la sangre y respirar a través de la boca. Hice todo lo posible. Cada tecla que apretaba bañaba de gotas rojas mis ojos. No escuchaba el sonido acostumbrado. No podía oír la belleza, ese placer que significaba la tecla sobre la madera. ¿Cuál sería mi consuelo si el único premio era la ejecución mecánica de la obra y lo había impedido la sangre? Aislamiento.

miércoles, agosto 06, 2008

No entiendo como funcionan las pesadillas. Entiendo el temor de que se concreten. El momento preciso en que dejan su estado onírico para perseguirme en el mundo real. Un sueño recurrente. Cada tanto en furtivas noches. El sudor al despertar de ese mundo y no distinguir entre realidad e imaginación. Nada más desolador que no discernir la verdad aún cuando esta es obvia al encontrarnos desnudos, tendidos en una cama a la madrugada, con el frío aliento del temor en nuestra boca.

jueves, julio 17, 2008

Una sala de hospital

¿Sabés que son las ITS? Antes se llamaban ETS. Y antes las llamaban enfermedades venéreas. Veneris es la forma genitiva latina del nombre Venus, la diosa romana del amor. Los responsables de salud pública fueron variando el nombre para suavizar el impacto que genera en la sociedad. Técnicamente no es lo mismo estar infectado que enfermo. Si no podés arreglar algo, entonces escondelo. Notoriamente el número de infectados a medida que avanza la ciencia, lejos de ser menor, aumenta de manera escandalosa.

¿Ahora sabés que son las ETS? Son enfermedades de Transmisión Sexual. ¿Sabés que son las ITS? Infecciones de Transmisión Sexual. En definitiva, huéspedes en tu cuerpo. Virus, bacterias, que se alimentan de vos. Se alimentan y te enferman. Enfermedades que comparten la misma vía de infección. El peso del sexo.

¿Sabés que es la Neisseria gonorrhoeae? Es la bacteria que causa la gonorrea. ¿Sabés que es el HPV? Son los virus del papiloma humano. A la Treponema pallidum le tengo miedo. Por ella estoy acá sentado. Es la bacteria que causa la sífilis. Mirando descascararse estas paredes desgastadas, espero. Cuento infinitas capas de pintura. Capas blancas y no tan blancas. Capas celestes indecisamente tapadas con mas látex blanco brillante. Podría haber ido al hospital de mi prepaga, pero no. Vine al público para no enfrentar a mi doctor. ¿Cómo le contesto las preguntas que me haga cuando le pida exámenes de sífilis, HIV, gonorrea? Aparte acá no funciona tan mal. Hay un área específica para ITS. Llegás temprano. Esperás. Te dan un cartón con un número. Esperás.

La enfermera empieza a llamar desde atrás de la ventana de atención. Tengo el ocho. Pregunta al número uno en voz alta “¿Y vos por qué venís?”. Número uno contesta en secreto. “Más fuerte muchacho que no lo escucho”. Número uno contesta en secreto nuevamente. Arriba corona un cartel “Aquí no se discrimina. Si usted siente por algún motivo que no recibe un trato justo HÁGALO SABER”. Y es verdad, acá no se discrimina. La enfermera pregunta sobre conductas sexuales como si preguntase la receta de los panqueques.

“¿Y vos por qué venís?”. Por pelotudo pienso. “¿Y vos por qué venís?” Por coger sin forro vengo. Número dos, número tres. Todos contestan casi en silencio. Nadie va a la sala de ITS por una gripe, o una hernia inguinal. Todos estamos ahí por lo mismo. Infecciones de transmisión sexual. Todos estamos por tener relaciones riesgosas. Todos estamos por coger. Todos esperamos un VDRL, un ELISA, un Western Blot. Todos balbucean en silencio. “¿Y vos por qué venís?”. Nadie responde en el mismo tono que la enfermera pregunta. Nadie dice a viva voz que colecciona letras de hepatitis hasta llegar a la z. Todos estamos por lo mismo. Todos estamos por coger. Pero todos sienten vergüenza de eso. Si vas por gonorrea o sífilis andas mucho de putas. Si vas por HIV sos puto. Si te refregás mucho la entrepierna vas por una infección clamidial.

Número cuatro, número cinco. Miro los carteles de prevención. Leyéndolos me doy cuenta que hay que ser bien tarado para agarrarse SIDA. Pienso en cada vez que no me cuidé. Número cinco le lleva un regalo a la enfermera. Obviamente se conocen. Un budín de panadería. Y viene la palabra “cronicidad” a mi mente. ¿Y si tengo la peste rosa? Pienso de nuevo, “peste rosa”. En definitiva es eso. Aunque los manuales que distribuyen a los periodistas los alientan a no usar términos que puedan herir la sensibilidad de los lectores. Esas guías recomiendan usar el término “convive con el HIV” en lugar de “infectado por HIV”. No importa la expresión. Acá todos estamos por lo mismo pero se contesta casi en silencio. Estoy seguro que esa pared se descascara con mi mirada. Es mi mirada la que produce la victoria de la pintura celeste sobre el látex blanco. ¿Y si tengo el bicho? Si estoy “conviviendo con el HIV” ¿Cómo se lo digo a mi papá?

Número seis, número siete. Nadie se mira a los ojos. Temen reconocerse. Se que ahora sigo yo y esa pared continua descascarándose. El celeste le gana centímetros al blanco. Y la semana que viene tendré que volver por los resultados. Y todos se juzgarán como hoy. Como cada día. Cada persona sentada en esta sala es un reventado, un libertino, un culo roto, un infiel, un pervertido.

Número ocho…

martes, julio 08, 2008

Adolf

Los lunes ni bien llego al trabajo, saludo a todos los muchachos. Uno por uno. ¿Qué cuesta? Los demás al llegar muerden un "hola" y se aíslan del mundo enfundados en auriculares tras sus computadoras ocho horas seguidas. Permanentemente saco temas de conversación, cuento chistes, relato mi fin de semana, muestro los videos del pibe jugando al fútbol (los subo todos a YouTube). Cualquier intento por generar compañerismo es inútil. Cuando me responden con monosílabos me desespero, es una falta de educación. A esos los agarro de punto. Es bien simple, si no me bancas te lo recordaré a cada momento y te buscaré charla a cada rato, mirándote fijo mientras bajas la mirada.

Yo se que en la oficina no me aguantan. Puedo verlo muy claro en sus caras, no es algo que deba manejar, es un problema de ellos. Trato día a día de hacer lo que aprendí de mamá y actúo como debe actuar un cristiano. Ante todo católico Apostólico Romano. Solo luego de eso, argentino, porteño, casado, sexo masculino e ingeniero. Se que no soy un mal tipo, al revés, puede decirse que soy un buen ejemplo para mis hijos. Andrés que con sus doce años tiene un futuro tan promisorio en el fútbol y Paola de trece que seguramente será una buena esposa, con suerte si es inteligente y estudia llega a odontóloga. Solo espero que no siga psicología, en esa carrera ponen en contra a las nenas con papá. Con Andrés es distinto, el pibe es muy bueno, todos los sábados viene a jugar con mis compañeros de oficina. No es una tarea fácil arreglar esos campeonatos. La gente hoy en día no tiene tiempo para nada, o eso dicen. Toda la semana siguiendo a estos pibes para conseguir los diez para el partido semanal. Menos mal que en la oficina tenemos el teléfono libre. Yo organizo. Llamo a todos, así no gastan ellos. También reservo la cancha, mando los mails con las invitaciones e imprimo la lista para no gastar tinta en casa. Hay que aprovechar lo que se da gratuito.

El teléfono también me sirve para organizar los eventos de la parroquia, que me demanda bastante tiempo. El último, el del coro de discapacitados fue agotador y no salió como a mi me gusta. Tanto esfuerzo para organizar algo que integre a personas con habilidades diferentes, para que termine pareciendo un grupo de mogólicos desafinados. Si el padre Carlos quiere que organice debe meterse menos y dejarme más margen de decisión. Cuando tuve más libertad las cosas salieron mejor, como la hamburgueseada de hace dos meses. Si se encarga él, seguro que compra cualquier cosa. Yo me fijé bien en la página web. Estaba la hamburguesa de 56 gramos, la XL y la Premium. El padre Carlos hubiese comprado seguro las Premiun de dos pesos, orgulloso de gastar en la mejor. Pero a mi no me agarran, me trencé con la vendedora por teléfono y conseguí, después de 30 minutos, las de 56 gramos a un peso con ochenta centavos cada una. ¡Y encima me regalaron la leña! Ese día me putearon por no largar el teléfono. Pero que no me jodan, si es para la parroquia y para ayudar al prójimo. ¿Quién puede enojarse?

El otro día mostré fotos de mi señora, que está re bien para la edad que tiene. Se que todos se hicieron los boludos. Se que todos deben pensar "¿Qué hace una mina así con este nabo?". Al toque se hicieron los graciosos y empezaron con el típico "larga las fotos de la nena". Como si fueran hacerme embroncar, les mandé vía MSN el álbum Picasa con las fotos de las vacaciones en Mar de Ajó con la leyenda "miren que buena está la nena, salió a su mamá". Se cagaron todos en las patas, no me dijeron nada, salvo Marcelo (ese es el que peor me cae, una vez lo escuché bromear "Adolf, entendé, no está buena tu esposa") qué contestó diciéndome que era un enfermo al vender mi hija como un "gato". Pelotudo, encima que me dice Adolf porque soy hijo de alemanes. Como querían historias de gatos largué con lo de Adela. "No vendo a mi hija. Si yo odio a los gatos. La abuela del lado de casa vive sola, no tiene familia pero si varios siameses. Son lo más rompebolas que existe. El otro día tenía uno de esos en el patio. ¿Saben que hice? Lo cagué bien a palos. Cuando el mierdita dejó de chillar, se lo llevé bien durito. Le golpee la puerta y se lo largué en los pies y le dije que la próxima vez cuide mejor a sus bichos". Ni siquiera pudo contestar, pero aunque no me salude ya en la iglesia nunca más tuve a sus gatos en casa.